Es viernes, y ante esta afirmación, lo único que puedo decir es: iujuuuuuuuuuuu!
El viernes suele ser el día que viene después del jueves, así que, aplicando la lógica que tanto le gustaba a los griegos, deducimos que ayer, fue jueves. Los jueves también se pueden hacer cosillas, por ejemplo, una cena en casa de Neus con todas las niñas del departamento. Una prepara el piso, otra compra los ingredientes, otras no hacen nada (vale, sí, una de estas soy yo) y otra hace la masa de la pizza. “La masa” de la pizza. Aquí viene la parte divertida, porque si haces un poco de masa y le echas un sobre entero de levadura química, aquello empieza a crecer y crecer hasta rellenar seis tuppers enormes. De hecho después de preparar 4 pizzas gigantescas, todavía quedaba masa para otras cuatro, e incluso más, ya que ésta seguía creciendo.
En fin, la historia de “la masa” ha inspirado grandes cerebros que han parido grandes obras, yo, he parido esta mierdi-obra que va en relación a mi mierdi-cerebro:
Me comí un trocito de pizza, y la masa, empezó a crecer dentro de mi estómago, cada vez más, y más, hasta que rellenó todo el espacio que se podía completar, y todo, mis vísceras, mi piel, empezó a ceder frente a la avalancha de agua y harina compacta. Tardé cuatro minutos en convertirme en el super-huevo kinder , ya sabéis, el que anuncia los huevitos con sorpresa, hasta que de pronto sentí un clack! Era el horrible sonido de una costilla al romperse, luego otro clack, y otro, y otro… la muerte me acechaba, toda yo era masa de pizza!!!! Desesperada, corrí hasta el hospital de La Pau, allí un médico me hizo unas radiografías, un tac, un análisis rectal y mirando los resultados, le dijo a los enfermeros: -¡a quirófano! Mientras rodaba hacia la sala de operaciones, creí que me recuperaría, que conseguirían salvarme; sin embargo, nada más lejos de la realidad… en cuanto me giré a ver al médico que me empujaba, su gorrito verde y su bata, se habían convertido en un sombrero blanco de chef y un mandilón a rayas. Rápidamente giré la vista hacia la puerta de quirófanos, y ahí también, el universo había vuelto a jugar con mi vida convirtiéndolo en un horno gigante!! Los enfermeros empezaron a untarme tomate, echarme mozzarela, arrojarme orégano… y allí, sintiendo ya el calor de la opción –precalentar el horno a 255ºC- algo empezó a pitar, cada vez más fuerte, y más fuerte… los enfermeros miraban a su alrededor desconcertados, el médico-chef se encogía de hombros sin entender nada… y de pronto, me desperté. El móvil marcaba las 7.45 y en letras de imprenta preguntaba, ¿encender teléfono?
FIN